Diseño de interiores: la Ventana de Marcel Benedito

Diseño de interiores: la Ventana de Marcel Benedito
Casa Sardinera de Ramón Esteve. Foto: Mariella Apolonio

miércoles, 13 de noviembre de 2013

¿Debo confiar a un interiorista el proyecto de un espacio donde voy a vivir yo?

Hay una pregunta a nivel de consumidor que nos resulta especialmente incómoda a quienes nos dedicamos a la divulgación de esta actividad que es equipar el entorno. ¿Debo confiar a un interiorista el proyecto de un espacio donde al final voy a vivir yo, no él?
Personalmente, cuando me veo frente a esta espesa cuestión suelo responder que ante un dolor de muelas nadie se plantea si debe ir al dentista o solucionar el tema por su cuenta. La respuesta adecuada siempre la tiene un profesional. Pero, a pesar del truquito retórico, las caras de mis interlocutores no parecen estar muy convencidas y aunque suelen callar por cortesía puedo leer en sus mentes: Sí, pero me va a salir la broma más cara aún. O también: Con lo divertido que es decorar mi propia casa, ¿voy a regalarle este pequeño placer a un interiorista que aplicará sus gustos y recursos habituales?


Las imágenes de este post son cortesía de su autor, Jordi Miralles y aparecen publicadas en un reportaje de la revista Casa Viva, edición diciembre
 
Lo sé, lo sé… El tema tiene muchas aristas además de una buena dosis de implicaciones emocionales, en las que intervienen todos los que van a vivir en ese espacio. Sólo faltaría que no fuera así. Y a pesar de todo, la respuesta es: nadie lo va a hacer mejor que un profesional.
Obviamente, su trabajo tiene un precio, como lo tiene el de la peluquera, el del cocinero y el del taxista, actividades todas ellas que podemos ejercer como diletantes sin cometer ningún delito. No podemos, en cambio, operar del riñón o levantar una escuela, sin la titulación, la experiencia y los permisos legales correspondientes, ya que son temas de una responsabilidad mayúscula.



El precio que pagamos a un diseñador de interiores es lo que vale la rapidez y eficacia con que va a solventar su proyecto. Es el precio de su experiencia y de su gusto que van a redundar en espacios bien acondicionados desde algunos puntos de vista que a nosotros ni siquiera se nos ocurren ‒acústica, seguridad, integración de ocio, ahorro de energía, salubridad de materiales…‒, y suele ser un precio justo, cuando no por debajo de lo que realmente merece. Es el precio de los quebraderos de cabeza con los industriales que nos va a ahorrar, de las elecciones acertadas y las compras bien hechas, de las fechas que se cumplen y los cambios que se improvisan. También del estudio previo de nuestras necesidades que requieren horas largas e intempestivas de charlas, discusiones y documentación. Todos los interioristas que he podido entrevistar coinciden en que el momento más feliz de su trabajo es el de las conversaciones previas con sus clientes, cuando éstos exponen sus necesidades e ilusiones. Sólo el momento de la entrega del proyecto acabado, con la felicidad de los clientes paseando por el nuevo hogar, supera al del trabajo previo.
También conozco interioristas especializados en instalaciones públicas, hostelería y tiendas, que preferirían trabajar en la cantina de un cuartel antes que aguantar los caprichos de la clienta en un proyecto doméstico. Tiene que haber de todo…


Nos queda la cuestión puramente emocional. ¿Quién está dispuesto a sacrificar el pequeño placer que consiste en pasear por las tiendas especializadas, tomar medidas, preguntar precios, probar muebles, decidir, comprar y colocar? Sólo hay que atreverse a visitar una gran cadena de decoración el sábado por la tarde para saber que la casa sigue siendo el patio del recreo soñado de nuestra vida familiar o de single. Los ojos brillan en las tiendas de muebles y no es por casualidad.
 
 

No es necesario renunciar a ese placer legítimo ya que se puede trabajar codo con codo con el diseñador de interiores. Se pueden visitar proveedores, recabar muestras y decidir juntos. Se puede adquirir un mínimo lenguaje decorativo que nos permita hablar con conocimiento de causa de nuestros deseos y exigencias. Se debe participar de ese proceso con la convicción de que el interiorista agradecerá el compromiso y la ilusión como un instrumento afinado de su trabajo. Entrar en el universo del interiorista es relativamente fácil (nosotros los hacemos todos los meses y no somos diseñadores), pero confiar en él es siempre la mejor opción.

1 comentario:

  1. Muy buen artículo y reflexión. Y gracias por la parte que nos toca a los interioristas. Suele confundirse "interiorismo" con "decoración" (en mi blog lo explico: www.algomontalvo.blogspot.com) y la duda de que "se impondrán los gustos del profesional" queda respondida por un: no debería ser así. Normalmente se hace todo lo razonable que el cliente quiere y necesita con el toque profesional y acertado del profesional. La casa donde tú vives tiene que tener tus gustos, que son hilvanados y combinados por un experto. Un saludo!

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